Tulio Crespi y sus hitos en el TC
Desde el ‘Petiso’, la trompa de la Liebre II, el impulso a Ortelli y el Gurí, y su visión única sobre el Turismo Carretera, a través del relato exclusivo de Tulio Crespi a SoloTC. Homenaje a un creador inagotable, que hoy falleció a los 88 años.
El mundo del automovilismo argentino despide a Tulio Crespi, quien falleció este martes a los 88 años. Fue el indiscutido “padre de la Fórmula” en nuestro país, pero también marcó una época dorada en el Turismo Carretera: transformó un Torino en el revolucionario “Petiso”, diseñó la trompa de la emblemática Liebre II, triunfó con récord en el mítico óvalo de Rafaela, ofició como el gran padrino en el debut absoluto de Guillermo Ortelli y el Gurí Martínez en 1994, y construyó una trayectoria en la que atendió a más de 50 pilotos de la “máxima”.
En esta nota repasamos cada uno de sus hitos en la categoría más popular de la Argentina, rescatando el testimonio y la memoria viva del propio Tulio en diálogo con SoloTC.
1. La revolución del «Petiso» y su debut en 1967
Tras revolucionar las fórmulas con sus chasis monocasco integrales, Crespi desembarcó en el Turismo Carretera en 1967. Su carta de presentación fue nada menos que el primer Torino modificado reglamentariamente en la historia de la categoría: una criatura aerodinámica apodada el «Petiso», confiada al manejo de Nasif Estéfano y de la cual llegó a fabricar 40 ejemplares.
«El primer TC que hice fue el ‘Petiso’ que fue el primer Torino que se modificó. Le corrí el motor y la caja 30 centímetros para atrás, bajé el auto —medía un metro— y le incliné el parabrisas. Todo eso se permitía en esa época».
2. El bautismo triunfal y el récord en el óvalo de Rafaela (1968)

La confirmación del ingenio de Crespi no tardó en llegar a los laureles. Con una unidad gemela a la de Estéfano, Rodolfo De Álzaga se impuso en las míticas «2 Horas de Esso» disputadas en 1968 sobre el óvalo peraltado del autódromo rafaelino, marcando un registro promedio que quedó en la historia.
«Con ese auto, en 1968, ‘Rolo’ gana en las ‘2 horas de Esso’ en Rafaela con un promedio de 198,195 km/h en el óvalo original. Era algo sumamente importante para el momento. Ese auto tuvo buenas actuaciones. Carlos Marincovich también lo corrió y salió 2º con De Álzaga en una carrera de 2 pilotos».
3. Del ingenio artesanal a la era moderna: su mirada sobre el TC
Crespi, quien además diseñó la recordada trompa de la Liebre II, siempre mantuvo una mirada lúcida sobre la mutación técnica y deportiva de la categoría. Testigo privilegiado del paso de los talleres de barrio a la estandarización, solía reflexionar sobre cómo cambió el rol del preparador y de los pilotos.
«Toda época tiene su encanto. Yo considero que siempre se puede trabajar en los autos, por más que sean “iguales”. Hay que saber qué tocar y qué se le hace al coche. Con el mismo auto, hay muchas cosas para manejar. Es un conjunto con los pilotos. Siempre digo que pilotos hay muchos, pero inteligentes son muy pocos. Al piloto hay que hacerle hacer una escuela, que sepa de un auto de carreras. Antes se bajaban de la chata y corrían. Hoy no se puede».
4. El día que apadrinó a dos gigantes: Ortelli y el «Gurí» (1994)
En la temporada 1994, el taller de Crespi era una usina inagotable de trabajo: atendió el Chevrolet de Juan María Traverso en su regreso a la categoría, los Ford de Fabián Acuña y Eduardo Romero, y la Chevy de Carlos Garrido. Pero el 11 de septiembre de 1994, en las recordadas «2 Horas de Buenos Aires», Tulio escribió una de las páginas más trascendentes del TC moderno al impulsar el debut en pista de Guillermo Ortelli y Omar Martínez.
«Trabajaba con Acuña y lo llevé a Ortelli para que lo acompañe y con el ‘Chueco’ Romero iba a correr el ‘Toto’ Etchegaray pero tuvo un accidente con un criquet, se golpeó la cara y no podía correr, entonces ahí lo llamé al ‘Gurí’ Martínez para que venga a correr. Mirá qué épocas, corrían sin tener que pagar, impensable hoy».
Aquella jornada, Ortelli se llevó una victoria histórica junto a Acuña, iniciando una trayectoria que terminaría con 7 campeonatos de TC en su haber.

5. Una huella grabada en más de 50 nombres
Pocos constructores en la historia del deporte motor criollo pueden ostentar el volumen humano y mecánico que transitó por sus manos. El propio Crespi se sorprendió al repasar su trayectoria con la «máxima».
«Tuve más de 50 pilotos en el TC, un número increíble… Cuando empecé a anotar con todos los que había trabajado llegué a ese número y no lo podía creer».
6. La escuela de campeones y el reclamo por su legado

Desde su fábrica de Balcarce —donde se radicó a instancias de Juan Manuel Fangio—, Crespi fabricó los monopostos que sirvieron de escalón formativo para generaciones enteras de volantes de la ACTC, como en la Fórmula Metropolitana. Pese al afecto de sus colegas, no ocultaba cierta amargura ante la falta de homenajes oficiales en vida:
«Hay muchos que te lo agradecen en privado, pero homenaje no te hace nadie. (…) Sí me molesta que no se reconozca al auto como Crespi. En la planilla ponen que es un auto Renault y yo ni figuro… Eso me molesta porque le pongo alma, vida y corazón a todo esto. Lo más triste es que se van a acordar cuando me muera y ya no sirve».
Hoy, el automovilismo argentino le rinde finalmente el tributo que tantas veces mereció: el de un creador incansable, un artesano de la velocidad y una figura sin la cual no se puede contar la historia del Turismo Carretera.
Entrevista: Agustín Lafforgue
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